Sábado, 19 de Outubro de 2019
   
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Gracias por la Fruta

Cuando nuestras hijas aún eran muy pequeñas, era costumbre de mi esposa contar historias bíblicas para ellas antes de dormir. Esa costumbre, durante algún tiempo, sufrió modificaciones: mi esposa comenzó a pedir a las niñas que ellas mismas contasen las historias. La madre, entonces, sólo oía e iba haciendo correcciones aquí y allá.

Cierta vez, una de las niñas contó la historia de Adán y Eva. Todo fue bien hasta que llegó el momento de la narración en que hablaba de la expulsión de la infeliz pareja del Jardín del Edén.

Al llegar a esa parte de la historia, nuestra hija dijo que Adán y Eva se volvieron para atrás mientras se iban y dijeron: “¡Adiós, cobra! ¡Gracias por la fruta!”

Por supuesto que mi esposa tuvo que corregir ese final. Además, todos sabemos que Adán y Eva no tenían nada que agradecer a la serpiente. ¡Fue a través de ella que ellos llegaron al fondo del pozo!

Aunque es absurda esta versión de la historia contada por mi hija, sin embargo, hay en ella algo que corresponde a la experiencia de mucha gente. Hay personas que, como Adán y Eva, hacen todo lo que el diablo aprueba y estimula.

Como resultado, sus corazones son más tristes y sombríos que un cementerio en una noche lluviosa. Aun así, esa gente continúa agradando al diablo con su tiempo, su dinero, sus palabras y sus gestos.

¡Qué extraña contradicción! Satanás conduce a esas personas por senderos de la más profunda infelicidad y la reacción de ellas es honrarle y servirle más y más. Es como si dijeran: “Gracias, Satanás, señor y rey de mi vida, por el fruto podrido y amargo que me das. Acepta lo que hago, digo y pienso como formas de gratitud por la dádiva de estos frutos que, a cada día, me envenenan y, lentamente, me destruyen. Sí, padre mío, ¡gracias, muchas gracias por la fruta!” 

 

Pr. Marcos Granconato
Soli Deo gloria

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