Sábado, 19 de Outubro de 2019
   
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El Hombre que Calculaba

A mi hija mayor no le gustan mucho las matemáticas. Cuando era pequeña, si yo le preguntase cuánto eran seis por ocho, ella ponía cara de molesta sintiéndose provocada. Por eso, para despertar en ella algún grado de aprecio por los números, le compré en aquella época un libro titulado El Hombre que Calculaba, de Malba Tahan. En este libro, el autor narra historias muy interesantes en las que un hombre resuelve problemas aparentemente insolubles usando las fórmulas matemáticas más simples.

En El Hombre que Calculaba hay un episodio muy divertido en el cual un visir (la historia tiene lugar en Bagdad) pide al protagonista de la historia decir cuántos camellos hay en el patio de su palacio. El calculista lanzó los ojos en la dirección de los animales y dijo casi que inmediatamente: 257. El visir quedó asombrado. ¿Cómo logró contar los camellos tan rápido?”, preguntó. El matemático, entonces, respondió: “Yo no conté los camellos. Eso sería muy fácil. Conté los pies, las orejas, acrecenté una unidad y dividí entre seis”. El visir, ahora aún más boquiabierto, observó perplejo: “¡Pero esto es maravilloso! Sólo no entiendo una cosa. ¿Por qué usted acrecentó una unidad antes de hacer la división entre seis?”. La respuesta vino rápido: Porque uno de los camellos es defectuoso y sólo tiene una oreja”.

Cuando Dios mira a la humanidad, él la ve como el hombre que calculaba vio a aquellos camellos. Ningún pequeño detalle se le escapa (Hb 4.13). Cada palabra, cada mirada, cada movimiento de nuestros miembros y de nuestra mente están patentes ante él a lo largo de cada segundo de nuestras vidas. De hecho, es cierto que él lo ve todo. Cierto como que seis por ocho es igual a...

Pr. Marcos Granconato
Soli Deo gloria

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