Sábado, 19 de Outubro de 2019
   
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La Mujer de Pompeya

Pompeya era una ciudad italiana que en el año 79 AD fue subvertida por lavas del Vesubio. En la noche en que Pompeya fue destruida, sus residentes fueron tomados por sorpresa. Toda aquella masa ardiente lanzada a lo alto por el volcán cayó sobre ellos dando la impresión de que venía del cielo.

Esta muerte repentina de personas de toda una ciudad sirvió para revelar a los historiadores mucho de la vida cotidiana del primer siglo, ya que los muertos fueron encontrados en medio de sus quehaceres comunes. Gracias a un ingenioso método que hace uso de yeso, muchos cuerpos fueron removidos de en medio de la lava endurecida en la posición exacta en que se quedaron cuando murieron. Incluso algunos de ellos vi cuando visité las ruinas de Pompeya, en 1990.


Sin embargo, recientemente leí sobre una de las víctimas del Vesubio que me despertó especial atención. Era una mujer. Su cuerpo fue encontrado en una casa y los arqueólogos encontraron sus manos llenas de joyas.

 

Sin duda lo que ocurrió fue que en la hora de la desesperación, viendo todo derrumbarse, esa mujer trató de salvar lo que le fue más valioso en esta vida y, así, murió bajo la lluvia de fuego que fue más rápida que ella.

 

No tenemos que viajar hasta Pompeya para ver personas así. Innúmeros amigos y familiares nuestros tienen en los bienes y placeres de este mundo la única razón de su vida. Las cosas que ellos más valorizan son el lujo material y la basura moral, siendo capaces de morir por ellos.

 

Los creyentes verdaderos, por otra parte, nutren valores diferentes en su corazón. Ellos saben que el sentido de nuestra existencia está más allá de esta vida y que la fuente de la felicidad no tiene su origen en este mundo. Para ellos Jesús es su alegría (Fl 4.4), la Palabra de Dios es su tesoro (Sl 19.9-10) y el cielo es su herencia (Mt 5.11-12).

 

Pr. Marcos Granconato
Soli Deo gloria

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