Sábado, 19 de Outubro de 2019
   
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Cismáticos: ¡Aléjense de Ellos!

En la pastoral de la semana pasada fue planteado el peligro de la herejía, señalada como una de las amenazas contra la cual la Iglesia de todas las épocas tuvo que luchar. Lamentablemente, este no es el único mal que el pueblo de Dios ha enfrentado dentro de sus propias filas durante siglos. Otro daño que retarda sus avances, perturba su paz y destruye su alegría es el cisma.

El cisma es una división que adviene tanto por causas doctrinarias como por opiniones personales. En su raíz hay un sentimiento faccioso que se opone al modelo existente, poniendo en duda su legitimidad, competencia, preparación y hasta la autoridad moral de sus proponentes.

El hombre cismático es un crítico por excelencia y, orgulloso, se considera poseedor de una visión más sabia y madura de las cosas. Por eso, su principal objetivo son los líderes de la iglesia. Es contra ella, por cierto, que se insurge, evitando colocarse a su lado. El cismático también tiene por hábito crear un grupo de oposición, el famoso "grupo de descontentos", siempre ávido por atacar, siempre sembrando sus ideas y siempre "deseando" que los líderes cometan algún error o que algo salga mal y, así, sus opiniones ganen fuerza.

¿Que lleva a una persona a ser cismática? Hay varias razones: envidia, intereses personales, dificultades con la sujeción a las autoridades, orgullo, antipatías... Sea cual sea la causa, sin embargo, todas ellas reflejan una condición espiritual deplorable. De hecho, incluso es posible que el cismático no sea creyente (Tt 3.10; Jud 16.19).

Por eso, acerca de los cismáticos, Pablo escribió una orientación bien directa a los cristianos: “Os ruego hermanos, que miréis los que causan disensiones y escándalos contra la doctrina que habéis aprendido, y apartaos de ellos” (Rom 16.17).

Pr. Marcos Granconato

Soli Deo gloria

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