Sábado, 19 de Outubro de 2019
   
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La Noche de la Carne

El hombre que se queda mucho tiempo encerrado en un recinto oscuro, cuando sale no puede soportar la luz del día. La claridad incomoda sus ojos que, rodeados de oscuridad por un largo periodo, se sienten agredidos por el brillo intenso. Quien está en esta condición, si desea ver la belleza del firmamento, tiene que hacerlo por la noche, en aquellas horas en que las sombras cubren el esplendor del Sol.

Desde el fatídico día en que Adán cayó en transgresión, toda la humanidad fue arrojada en el recinto oscuro del pecado, no pudiendo contemplar la gloria resplandeciente de Dios (Rom 5.12). Tanto así que, cierta vez, cuando el Señor descendió en el Sinaí, los israelitas quedaron tan aterrados con aquella visión que temieron por su propia vida, suplicando que Moisés se interpusiese entre ellos y aquel Dios tan grandioso (Ex 20.18-21). Es que, como fue dicho, los ojos humanos, debilitados por las tinieblas de la naturaleza corrupta, no pueden mirar el rostro de Dios sin ser acosados por el terror más intenso.

Esta fue una de las razones por las cuales Dios, cuando quiso revelarse plenamente, se hizo hombre y vino aquí. Nuestros ojos no podían contemplar directamente el sol brillante de la gloria divina. Por eso, el Hijo se manifestó a nosotros envuelto en la noche de la carne. Entonces, la gloria de Dios fue vista por los hombres (Jn 2.11). Mas no en medio de truenos y nubes flamantes, sino en el rostro sudado de un carpintero (2Cor 4.6) que enseñaba al pueblo humilde en las calles, plazas y hasta en las colinas; que aliviaba milagrosamente la carga de los débiles, tristes y enfermos; que, finalmente, sangró por nuestra redención (Ef 1.7).

Por tanto, fue en humillación amorosa que Dios mostró su gloria a los hombres que vivían en las tinieblas, enseñando así a los que le temen que esa es la "grandeza" que ellos deben buscar y demostrar al mundo.

Pr. Marcos Granconato

Soli Deo gloria

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