Sábado, 19 de Outubro de 2019
   
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Cosecha no Deseada

"Según he visto, los que aran iniquidad y siembran el mal, eso cosechan" (Job 4.8).

El Brasil quedó conturbado con un accidente en Santa Catarina que mató a casi 30 personas hace algún tiempo. Un camión y un autobús se chocaron y cayeron unos 30 metros de una riba matando a 7 personas. Sin embargo, lo que más sorprendió y abaló a todo el país fue el acto de un camionero que, queriendo escapar de la congestión causada por el accidente, condujo dos kilómetros en la dirección opuesta, yendo de encuentro a personas y vehículos que estaban socorriendo a los heridos. Murieron cerca de veinte personas, tres veces más que en el accidente anterior.

Es muy triste pensar en lo sucedido a las víctimas, pero también es triste pensar en el camionero que causó esta tragedia. Él, como cualquiera, tenía una vida normal. Ahora tendrá que cargar con el dolor de haber matado a tantas personas, eso sin mencionar las consecuencias jurídicas. Todo esto sucedió por pura imprudencia. A él se aplica muy bien aquel dicho que dice: "Plantó viento, cogió tempestad".

Analizando la situación, tenemos que pensar en las consecuencias de nuestros actos. Aquella vieja historia de "acción y reacción". Para todo lo que hacemos hay una consecuencia. Ella es a menudo mala, permanente y dolorosa como la del accidente de Santa Catarina. La Biblia está llena de relatos de acciones que produjeron resultados indeseados, como el pecado de Adán (Gn 3.1-6), la indulgencia de Eli con sus hijos (1S 2.27-29) y el censo de Israel por David (2S 24.1-17). Un ejemplo explícito de este principio se encuentra en la historia de un patriarca.

Génesis 29 cuenta que Jacob, para escapar de Esaú, fue a Harán, la tierra de su madre. Al llegar a un pozo, conoció a su prima Raquel que lo llevó a la casa de su padre, Labán, donde fue recibido con mucha alegría. Un mes después, Labán dijo a Jacob que no era justo que trabajase sin recibir salario y pidió que dijese cuánto le gustaría recibir. Jacob pidió que, como pago por siete años de trabajo, le diese a Raquel, hija menor de Labán, como esposa. Labán aceptó y los siete años pasaron rápidamente a los ojos de Jacob.

Llegado el tiempo del matrimonio, se hizo una gran fiesta. Pero al anochecer Labán dio a Jacob como esposa a Lía, su hija mayor, sin que Jacob supiese. Ante las protestas de Jacob al día siguiente, Labán le propuso que recibiese a Raquel como esposa a cambio de siete años más de trabajo. Así, Jacob fue engañado para que continuase trabajando.

Es impresionante la similitud que hay entre esta artimaña de Labán y la propia farsa de Jacob al hacerse pasar por Esaú para obtener la bendición de su padre (Gn 27). La Biblia dice la verdad al afirmar: "No os engañéis: Dios no puede ser burlado; porque todo lo que el hombre sembrare, eso también cosechará" (Gl 6.7).

Hay otros ejemplos como este en la Biblia. Uno es el del rey Adoni-bezec. Él acostumbraba inutilizar las manos y los pies de los reyes a quienes vencía, cortándoles los dedos. Al ser capturado recibió el mismo trato: "Entonces dijo Adoni-bezec: Setenta reyes, con los pulgares de sus manos y de sus pies cortados, recogían las migajas debajo de mi mesa; como yo hice, así me ha pagado Dios. Y lo llevaron a Jerusalén, y allí murió" (Jue 1.7).

El propio rey David sufrió las consecuencias del adulterio con Betsabé y la muerte de su marido Urías. Dios lo castigó diciendo que sus mujeres también serían poseídas por otro y que su familia sufriría con la espada (2S 12.9-12). Esto ocurrió cuando su hijo Absalón, en un golpe militar, poseyó a las esposas de David delante de todos, para que no fuese posible una reconciliación entre ellos (2S 16.20-22) y en las muertes violentas de los príncipes Amnom (2S 13.28-29), Absalón (2S 18.14) y Adonías (1R 2.24-25), hijos de David.

Estos hechos deben llamarnos la atención para nuestra propia vida y para nuestras acciones. Hemos visto personas, familias e iglesias destruidas porque alguien actuó sin reflexionar sobre los resultados de sus acciones. Es claro que para cada actitud equivocada hay una disculpa tan insensata como el propio error. Y así, de pecado en pecado y de disculpa en disculpa, la iglesia sigue cosechando las consecuencias que destruyen la edificación de los hermanos e invalidan el testimonio ante el mundo.

"Porque el que siembra para su carne, de la carne cosechará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. Y no nos cansemos de hacer el bien, porque a su tiempo cosecharemos, si no hubiéremos desmayado" (Gálatas 6.8-9).

Pr. Thomas Tronco

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