Sábado, 19 de Outubro de 2019
   
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¿Cuán Soberano es Dios?

"Haré de ti un gran pueblo, y lo bendeciré... y por medio de ti todos los pueblos de la tierra serán bendecidos" (Gn 12.2-3).

Este es un texto conocido y teológicamente significativo. Es una promesa de Dios que se cumple aún hoy en día por medio de la predicación del Evangelio en todas partes, redimiendo personas de todos los pueblos por la fe en Jesús. Todos los salvos, incluso aquellos que no tienen intimidad con la teología, saben del efecto que produce esta promesa.

Lo interesante es que, a los ojos humanos, era una promesa muy difícil de ser cumplida. Abraham tenía setenta y cinco años cuando escuchó estas palabras sin que tuviese un hijo por medio de quien fuese formado un "gran pueblo". Pero Dios no se apresó por causa de la aparente dificultad. Esperó hasta que lo “difícil” se convertirse en “imposible”. Concedió Isaac para Abraham veinticinco años más tarde, cuando "Sara ya había pasado de la edad de tener hijos" (Gn 18.11).

Nada es difícil para el "Soberano y Señor de señores" (1 Tim 6.15). Lamentablemente, este es un concepto que se ha debilitado en medio de la iglesia. No que los creyentes no crean más que Dios es soberano; la pregunta es: “¿Cuán soberano es él?”

Soberanía significa ejercer autoridad sin restricciones. Uno de los problemas de la iglesia moderna es creer que hay circunstancias y personas que no están bajo el poder y el control de Dios. Es la creencia de que Dios es soberano sobre muchas cosas, pero no sobre todas.

Está claro que si Dios no es soberano sobre algunas cosas, ¡entonces alguien lo es! Si Dios controla apenas una parte de lo que ocurre, fatalmente alguien está en control de la otra parte. Algunos piensan que el Diablo es quien controla lo que huye a la soberanía de Dios. Guerras, crímenes, enfermedades y tristezas no serían nada más que actuaciones malignas que Dios evitaría si pudiese. Entre tanto, un número mucho mayor de personas cree que lo que Dios no controla está bajo el control de los hombres.

El Teísmo abierto se presenta en una versión homeopática dentro de muchas iglesias y en la mente de una parte de los cristianos. Para ellos Dios es el Señor de todo, pero eligió no interferir en la "libertad humana". Aunque parece un asunto puramente teológico, es tremendamente práctico y capaz de cambiar completamente la visión eclesiológica, entre otras tantas, de quien así cree.

Un pensamiento resultante de este concepto es: "Si Dios no es soberano sobre la voluntad del incrédulo, cabe a la iglesia hacerle desear ir a Cristo". El resultado es la presentación de un evangelio "cojo" que habla de bendiciones y alegría, pero que no habla del pecado del hombre, ni de su condenación. La Palabra de Dios deja su lugar para abrir camino a un mensaje "contemporáneo" que hace con que el mundo no se vea tan pecador. Disminuye el énfasis de la exposición bíblica y aumenta el valor de las programaciones. Así, las iglesias quedan llenas, pero llenas de incrédulos que participan del culto a Dios mientras que desprecian el sacrificio de Jesús.

Otro pensamiento es: "Si Dios no controla los rumbos de la iglesia, es preciso que ella misma asuma esta responsabilidad". En vista de ello, varios sistemas dichos "eficaces" fueron creados y son objeto de los esfuerzos de pastores, líderes, departamentos y miembros. El problema no radica en administrar la iglesia de Dios, sino en hacerlo sin el Dios de la iglesia. La confianza es colocada en métodos y propósitos humanos que, a menudo, contradicen las enseñanzas bíblicas. La explicación ofrecida es que los tiempos han cambiado, que la iglesia creció mucho, que los métodos bíblicos "no han funcionado" y que de otra forma sería "imposible" para la iglesia llegar adonde llegó.

La promesa de Dios a Abraham y la forma en que fue cumplida se contrapone a tales propuestas. Cuando Dios anunció que Sara quedaría embarazada y ella rió consigo misma, el Señor le dijo: "¿Existe algo imposible para Dios?" (Gn 18.14).

El poder soberano de Dios dio a Abraham una descendencia que trajo alegría a aquella familia y salvación para los judíos y gentiles de todas las naciones. Frente a tan grande poder, la exclamación de Sara fue: "¿Quién diría a Abraham que Sara amamantaría hijos?" (Gn 21.7)

¡Realmente! ¿Quién diría?

Pr. Thomas Tronco

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