Sábado, 19 de Outubro de 2019
   
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Síndrome de Caín

Las iglesias en general tienen muchos problemas. Algunos, sin embargo, parecen ser comunes en casi todas ellas. Por ejemplo: difícilmente encontramos una iglesia en la que no existan grupos que, durante los cultos o clases de EBD, permanezcan en el patio conversando y haciendo cara fea a los responsables que los invitan a entrar.

Otro problema común es la crítica malintencionada. Recuerdo que cuando era pastor de jóvenes, dos chicas nunca venían a las reuniones. Les pregunté el motivo. Ellas respondieron que el grupo juvenil no tenía “gracia” (Nota: Esta no era la opinión de los otros 50 jóvenes que abarrotaban nuestra sala de reuniones).

Les pedí a ellas que me dijeran lo que les gustaría que se hiciera. La respuesta fue: “Debemos tener más intercambios”. Así que empezamos a promover reuniones con otros grupos juveniles. Las dos chicas no participaron. Les pregunté nuevamente qué faltaba. Ellas dijeron: “Queremos retiros”. Hicimos dos. Ellas no fueron.

Fue ahí que aprendí el verso que dice: No pierda tiempo intentando complacer a aquellos que priman por no cooperar.

Pero de todos los problemas comunes que pueda tener una iglesia, quizás el más peligroso sea el que un hermano nuestro en Cristo llamó de “Síndrome de Caín”.

Se trata del rencor que las personas, tal como Caín, tienen contra aquellos que están ofreciendo un sacrificio agradable a Dios (Gn 4.3-5).

El síndrome de Caín nace en el corazón de personas envidiosas y se manifiesta siempre contra los hermanos que están trabajando, ofreciendo lo mejor para el Señor.

Este síndrome se revela en ataques, desprecio e hipocresía (Gn 4.8). Quien lo tiene guarda pecados ocultos en su vida (Gn 4.6-7) y sus sentimientos son característicos a los de un fratricida.

De todos los problemas comunes en las iglesias, que el Señor nos libre, principalmente, del síndrome de Caín, a fin de que el servicio de nuestros hermanos nunca cese definitivamente por culpa nuestra.

Pr. Marcos Granconato
Soli Deo gloria

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