Quarta, 05 de Agosto de 2020
   
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Esqueletos de la Misa

En los tiempos en que yo era estudiante de Derecho, había, en el edificio de nuestra facultad, un esqueleto que era usado en las clases de Medicina Forense. Obviamente, era el esqueleto de una persona desconocida. Tenía las diversas partes conectadas por alambres y era colgado por el cráneo en un soporte de madera.

A cada año, se hacía una misa para él. Lo cogían y lo llevaban al frente, donde se quedaba todo el tiempo, siempre muy simpático, con una sonrisa indisoluble en la cara. Allí cantaban, rezaban por él, le hacían referencias, en fin, lo tenían como el centro de todo.

 

Él, sin embargo, como era de esperarse, no mostraba ninguna reacción. Permanecía con la mirada fija hacia el vacío, frío e indiferente. La cabeza, literalmente hueca, no asimilaba nada de lo que allí se hacía. Para él, todo lo que se realizaba no hacía ninguna diferencia. Aquella misa no le traía ningún beneficio, ni allí ni en la eternidad. Por lo cual, todo aquello no pasaba de una absurda pérdida de tiempo. Definitivamente ningún culto es provechoso para los esqueletos.

 

Me gradué en Derecho hace algunos años y nunca más vi esqueletos participando en las misas. Por otro lado, creo que en nuestros cultos, muchas veces, nuestra postura no es muy diferente a la de un cadáver. De hecho, cuando, al paso del tiempo en la adoración, quedamos ajenos a todo, desconectados de nuestro propósito central, sonriendo a las distracciones y fijando los ojos en lo que no tiene importancia, nos parecemos mucho a esqueletos en la misa.

 

Por tanto, seamos más celosos. Dios quiere que lo adoremos con entereza de corazón (Jn 4.23-24) y, además, aquí entre nosotros, los esqueletos son muy feos y no es bueno parecerse con ellos.

 

Pr. Marcos Granconato
Soli Deo gloria

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